Por vagancia, he activado la reproducción automática de Youtube para no estar yendo cada poco al ordenador mientras hacía que hacía algo de provecho. Y ahí estaba. Unos acordes iniciales y me he teletransportado a mis 18, a una biblioteca y a aquel chico. Y como no, a Catu, compañera fiel de desvaríos varios de madrugadas de "estudio", pilladas máximas, momentos vergonzosos sin igual y, sobre todo, recuerdos únicos para cuando seamos unas abueliñas.
Primer año de carrera en Santiago, una biblioteca que abre por la noche cerca de casa y siempre las mismas personas. Como buenas postadolescentes, los enamoramientos estaban a la orden del día porque antes que estudiar para nuestros primeros exámenes universitarios cualquier distracción era buena. He de decir que del primero en el que nos fijamos, ahora me da la risa cuando lo veo en mi visita anual a tierras al norte de Ferrol. Pero por lo que nos marcó, bien vale el ridículo que hicimos. Supongo que por inercias de la vida, acabamos con gustos diferentes al del primer sujeto.
Y ahí llegó él. El chico que no sonreía nunca. Con pinta de tímido y, por supuesto, de Económicas. Hicimos miles de deducciones sobre su vida y aquello fue breve aunque intenso. Un millón de miradas sin corresponder. Porque eso fue todo. El debía estar ya con asignaturas sueltas y después de enero y junio desapareció. Algún avistamiento nocturno hubo en la noche compostelana pero sin más. Y así era yo feliz a mis 18.
Porque la música es tan genial, que con solo unos segundos me ha llevado a aquel momento y he vuelto a sonreír, por mí y por las veces que él no lo hacía. En el título está la clave.
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